El blanco aparece en el punto de mira, es momento de contener la respiración, el dedo índice deja de acariciar el guardamonte para presionar con firmeza el gatillo y en unos instantes la víctima yace apurando el último soplo de vida, intentando comprender por dónde vino la bala que le manda al otro barrio. El Whatsapp ataca a su víctima con la misma precisión que un francotirador. Los francotiradores, como todo en la vida, los habrá de todo tipo y eficacia. Pero si existe un francotirador experto, certero y eficiente, ese es el Grupo de Padres del Whatsapp —entienda el aburrido lector que el término incluye a padres y madres, pero el lenguaje es economía—. Una vez fijado el objetivo, no para hasta conseguirlo.
Comunicarse a través del Whatsapp lleva implícito complicaciones, malos entendidos y no en pocas ocasiones, conspiraciones. Pero en el momento que presionas la opción “aceptar” en un grupo de padres, la vida será distinta. A pesar de que vivimos en un mundo en el que antes de comprometernos a cualquier cosa, queremos por escrito las cláusulas a las que nos sometemos, resulta que el objetivo para formar el grupo, en la mayoría de las ocasiones, no queda meridianamente claro. Así, después ocurre lo que ocurre, lo mismo se utiliza para que sirva de exposición de genitales variados en formas y tamaño, de herramienta de evangelización con imágenes de Vírgenes y otros Santos—bajo amenaza de todo tipo de males si no lo transmites al resto de tus contactos—, y como lugar de esparcimiento de otros muchos motivos.
En el trasfondo del pensamiento de no pocos elementos pertenecientes al grupo, subyace la idea que dicha herramienta se ha creado en exclusiva para el escarnio y lapidación verbal del maestro. El grupo puede pasar un tiempo en estado latente, pero un día puede aparecer: “la maestra ha insultado al niño de Puri”. En ese momento una cascada de mensajes amenazan con bloquear el esmarfón. Aparecen propuestas de reuniones urgentes, alguien ofrece ayuda psicológica para la familia afectada, otro se ofrece a la redacción del documento pidiendo el cambio de profesora y, ya puestos, habría que colocar cámaras ocultas para saber qué se cuece en las aulas. “Po zi er niño lo dice es x algo”, añade otro mensaje. No nos podemos quedar de brazos cruzados, habrá que investigar el asunto, concluye a altas horas de la noche el último escrito.
Pasado el momento de tensión inicial, el personal suele reanudar la caza. Muchos han preguntado sus criaturas: ¿A ti también te insulta la maestra? Alguno descubre horrorizado que no y por tanto no puede achacar al centro escolar los problemas de adaptación del niño. Una madre pregunta quién es el niño afectado: “¡Ah! Robertito, ya caigo, ese es el que tiene a media clase asustada ante la llegada del holocausto zombi y que tiene un unicornio en su casa”. Durante algunas horas el grupo permanece de nuevo sin actividad, hasta que un nuevo silbido anuncia: “Os mando un regalillo para alegrarnos la vida" y tras la pertinente descarga de la imagen, allí aparece un nuevo miembro viril desafiando por igual a las más elementales reglas de la física y de la educación. Esta vez, el francotirador ha errado su disparo, pero tenga por seguro que en el próximo acertará de lleno.
Sit tibi terra levis.
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