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8 de noviembre de 2015

UN CABALLERO ENTRE FLOTADORES

 Darle a la tecla para que cada semana salga esta columna, hace que mire al mundo con los ojos más abiertos. Es la única forma de no perderse la multitud de historias que cruzan ante nuestra mirada cada día, unas para quedarse y otras para dejarlas marchar. Ese día en el hotel, las historias empezaron desfilar una tras otra, a veces, también se mostraban entremezcladas: unas alegres, otras más tristes; las había románticas, y hasta algunas,cruelmente aburridas.

En el desayuno, me estaba divirtiendo, la carcajada se me hizo presente en alguna ocasión. Se multiplicaban las situaciones en las que el abundante bufé ofrecido por el hotel centraba mi atención. Una historia que se repetía entre los presentes era la obcecación por querer comer —algunos, más bien engullir—, todos y cada unos de los productos que allí se le brindaban a la clientela. No podía evitar escoger a alguno de los presentes y dedicarme a observar cuántas veces repetía la pirámide alimenticia, desde los cereales hasta los dulces. Pero ninguna historia me atrapó para quedarse.

A media mañana, nada mejor que un rincón apartado de la terraza de la cafetería para disfrutar del café, encender un pito y abrir otra vez el libro. La chiquillería corría por todos los rincones del hotel y el ruido en la piscina, a veces, hacía que levantara la vista y conectara de nuevo con el mundo de los mortales. Fue precisamente allí, en la piscina, donde apareció una historia que sí surgió para quedarse.

Eran cinco o seis chicas, y entre ellas, tres chicos. Supuse, por la edad que tenían y por los gestos que estaban haciendo, que ellas se hacían las interesantes y ellos trataban de impresionarlas; es lo que tienen las primeras revueltas hormonales. Metidos en agua hasta la cintura, a veces, se salpicaban unos a otros entre risas. Hubo un momento en que uno de los chicos comenzó a echar más agua de la cuenta a una de las chicas y rápidamente fue reprendido por un joven que tenía a su siniestra y que un rato antes me había llamado la atención porque tenía colocado unos flotadores en sus brazos, algo impropio para su edad. Sin embargo, la reprimenda no tuvo efecto y las salpicaduras dieron  paso a unas ahogadillas que hicieron que la chica soltara alguna lágrima. El chaval no tardó ni un segundo en recibir un certero derechazo del chico de los flotadores, formándose el consiguiente revuelo entre todos los presentes. Se acercaron socorristas, padres, madres, abuelas y curiosos, e intentaron poner paz. Todos hablaban y reprochaban a unos y a otros el escándalo formado. Sin embargo, el chico de los flotadores en los brazos, lejos de dar explicación alguna, se acerco al borde de la piscina y pidió a sus padres que le sacaran. Lo sentaron en su silla de ruedas y se apartó de allí a toda velocidad esquivando a todo guiri que encontró en su alocada carrera.

En los días siguientes, cada vez que me cruzaba con él por el hotel, no podía evitar esbozar una sonrisa, e incluso una vez susurré para mis adentros: “bien hecho, caballero”. 


Sit tibi terra levis.

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