No son pocas las ocasiones en las que la conversación deriva en un tema trascendental: la existencia de Dios, si habrá algo más cuando estiremos la pata, o si la desconexión catalana implica quitarles los partidos de fútbol del Plus. No hace mucho, en una distendida tertulia, una amiga me preguntó si alguna vez había visto o sentido algo extraño en el momento del fallecimiento de alguna persona, algo que nos pudiera llevar a resolver la pregunta: ¿dónde se encuentra el alma? De esa cuestión surgió esta historia.
Daniel Leñaseca siempre fue muy curioso. De niño, dedicaba sus ratos de juego a desmontar y montar los juguetes para estudiar cada parte con detenimiento y conocer su funcionamiento. Siendo joven, se interesó por algo, se preguntó en qué parte del cuerpo podría encontrar el alma de las personas. Comenzó por buscar la respuesta en los clásicos, pasaba el día y buena parte de la noche entre los textos de Platón, Sócrates y Aristóteles. Pensó, además, que estudiar ciencias le ayudaría en su búsqueda.
En su época como universitario, pasaba en el anatómico más horas de las exigidas en el plan de estudios. Sus compañeros creían que la razón de dedicar tanto tiempo a estar rodeado de cadáveres, órganos y huesos tenía que ver con el increíble parecido de la catedrática con Rebecca De Mornay. Sin embargo, aparte de alegrarse la vista, sus esfuerzos iban en otra dirección. Sus dedos pasaban largos periodos de tiempo introduciéndose por los ventrículos y las aurículas, pero no encontró indicios de que el alma estuviera en el corazón. La buscó también en el cerebro, pero tampoco obtuvo resultados satisfactorios. Declinó la idea de encontrarla en los intestinos: el lugar por donde transitan todos los deshechos no es un sitio digno para alojar el alma. Incluso, siguiendo las recomendaciones de una compañera, y como último recurso, se doctoró en la especialidad de oftalmología ante la duda razonable de que el alma estuviera en los ojos. El hecho de que los resultados fueran negativos hizo que sospechara de la inexistencia del alma.
Disfrutaba del sol, el café y el cigarrillo en la terraza del Irish Bar. Le gustaba sentarse allí y pasar el tiempo observando a su hija mientras jugaba en la plaza. Notó la presencia de alguien a su lado, levantó la vista y el fuerte contraluz apenas le permitió discernir una silueta femenina. Se movió de la silla para intentar averiguar quién era aquella misteriosa mujer que estaba junto a él en tan extraño silencio. Sintió cierta dificultad para respirar, hacía mucho tiempo que el corazón no le latía con tanta rapidez. Allí estaba ella, mirándolo mientras mordía con ligereza la comisura de sus labios. Los dos quedaron durante unos instantes allí, uno frente al otro, sin decir nada, paralizados. Entonces, recordó aquel único momento en que se besaron y no le quedó ninguna duda de que el alma se encuentra en los labios. Era la misma mujer que hace quince años le arrebató el alma para dejarle definitivamente el cuerpo vacío.
Sit tibi terra levis.
Mira que me gusta todo lo que escribes, pero este relato, que no artículo, em parece extraordinario, lleno de poesía. Magnífico. Y no sé por qué, o sí que lo sé, te he notado una influencia "milagrosa y guerrera" en el texto. Sublime
ResponderEliminarMuchas gracias Manuel por tu comentario. No sé si será influencia o no, pero si te gusta, eso que me llevo. Jejejejejeje. Mil gracias por tus palabras.
EliminarVery, very beautiful, Marcos.
ResponderEliminarMuchas gracias John. Me hace mucha ilusión que te haya gustado.
EliminarUn abrazo.
Por alusiones veladas...o no tan veladas, y porque cómo no aprovechar para tener el honor de ser la tercera de esta lista que te dice que esta historia es preciosa. Aún así... yo probaría en los ojos...jaja. Enhorabuena por tu trabajo.
ResponderEliminarMil gracias Mila. Intentaré buscar almas en los ojos, pero los labios es buen sitio para verlas escapar.
EliminarLevitando. Tener tres escritores comentando la columna es un lujo. Ya bajaré de las nubes.
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