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3 de noviembre de 2015

ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

Si hay algo que no me gustaría ser en estos momentos es un ñu, o un ciudadano catalán. En el primero de los casos, ya lo he explicado en alguna columna anterior, eso de que todo depredador viviente esté agazapado a la espera de que pases con tus colegas para hincarte el diente, no debe ser muy agradable. No quiero pensar el sinvivir continuo al que deben estar sometidas tan inocentes criaturas de Dios.

En el segundo de los casos, los ciudadanos catalanes tienen un complicado escenario ante sus narices. Supongo que todo el que tenga un mínimo de lucidez se sentirá entre la espada y la pared, o entre dos espadas, o entre dos paredes, o entre dos caraduras. Obviamente, esta situación pasa inadvertida a los hooligans de ambos nacionalismos, ya sea del catalán o del español. Cada uno defiende una patria, pero les unen más cosas de las que les separan: ambos muestran un odio permanente por el contrario, las dos partes utilizan la defensa de sus patrias para tapar el expolio permanente al que las someten, ninguno de ellos hace ascos en utilizar las instituciones que manejan para aleccionar a la ciudadanía, y por supuesto, mención aparte necesita la mala memoria —intencionada, supongo— que derrochan.

No hace mucho, escuché a un exacerbado nacionalista catalán defendiendo episodios históricos de su patria. No hizo ascos en la exaltación del origen catalán de Cristóbal Colón (sin comentarios), y declaró que las manifestaciones en la Diada pasarán a los anales de la Historia: desconozco si el individuo se refería a la acepción referida a lo relativo al culo o a acontecimientos pasados. Lo que queda claro es que apoyarse en esas manifestaciones tiene su peligro: la gente lo mismo te sale un día a la calle para pedir la independencia, que para recibir por Barcelona entre vítores a las tropas franquistas. El ciudadano ibérico siempre ha tenido una gran facilidad para defender con uñas y dientes sus ideales, es decir, lo que más le convenga en ese momento.

En el otro lado tenemos los que defienden como gato panza arriba la unidad de España. El actual gobierno es un claro ejemplo. No pierde oportunidad de etiquetar a los nacionalismos regionales como una amenaza y unos demonios que requieren de una respuesta contundente y firme. Qué lejos quedaron aquellos tiempos en que el Pepesoé gobernaba nuestro amado reino apoyado en el nacionalismo catalán y vasco. Pero de todos los protectores de la unidad nacional, mis preferidos, son esos iluminados, inteligentes y muy ilustrados, que defienden que habría que “sacar los tanques a la calle”. Entienda el sufrido lector mi inclinación por esta expresión, pero no dejarán de reconocer que tal espectáculo podría ser impresionante: una columna de blindados aparcada a las afueras de Barcelona. ¿Esperando la orden de entrar en la ciudad? No, para nada, lo normal es que estén retenidos por una pareja de la Guardia Civil porque no hayan pasado la inspección técnica de vehículos. 

Bromas aparte, mucho me temo que los dos mediocres que encabezan este despropósito, el señor Rajoy y el señor Más, seguirán a lo suyo, que no es otra cosa que intentar mantener sus intereses por encima de los ciudadanos. Por lo tanto, sería mejor ser un ñu que corre por la amplia sabana africana, por lo menos esos cuadrúpedos pueden lanzarle una coz a sus depredadores para salvar el pellejo. Si los ciudadanos lo hicieran en contra de nuestra chusma dirigente, entonces, una implacable ley mordaza los pondría entre rejas. 


Sit tibi terra levis.

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