Hace unos días caminaba por las calles de Madrid. Mucha gente de un lado para otro —gente como usted y como yo—, y abundancia de guiris con el dichoso palito para hacerse los selfies. Al comienzo de una calle, una música inundaba el ambiente. Un considerable número de personas se arremolinaban alrededor de aquellos sonidos mientras soltaban monedas sobre una de las fundas de un instrumento. Un paseo como el que pudiéramos dar usted o yo.
Un poco más adelante, en otra calle, olvidé aquella música. Allí estaba ella, sentada en la acera, con la espada ligeramente apoyada en la pared. Vestía ropa normal de esa que podemos llevar usted o yo. Se la veía limpia, aseada, bien peinada, con la mayor parte del pelo recogido y algún mechón de pelo caído hacia delante por la ligera inclinación hacia abajo de la cabeza. Tenía la mirada perdida de unos ojos negros que se antojaban, no hace mucho, llenos de ilusión. Ahora sólo transmitían tristeza. A un palmo de sus piernas entrecruzadas, un cartón resumía su biografía más reciente: “Pareja española con una hija, desahuciados y sin trabajo”. El hombre que la acompañaba a su lado era joven pero presentaba abundancia de pelo cano. Sus treinta y pocos años podían pasar por la cincuentena. La mirada era distinta a la de su compañera, perdida también, pero sobre todo transmitía derrota, falto de esperanza.
Seguí caminando, y pocos metros más adelante me giré, permanecían en la misma posición y pensé que con toda seguridad seguirían en esa misma posición unas horas después, unos días después, o una vida después. Continué mi camino y no pude evitar recordar las palabras pronunciadas días antes por Doña Esperanza Aguirre en las que proponía evitar la presencia de los “sin techos "en las calles para no perjudicar el turismo.
Desconozco si el alegre turista, desconocedor de la realidad de este país, pudiera sentirse afectado por la presencia de esa pareja. Desconozco si algún turista pudiera sentirse tan incomodo para recomendarle a otros familiares o amigos que busque otros destinos diferentes. Con toda sinceridad, me importa un real carajo. Ya no digo que sus ilustrísimas señorías, los políticos tradicionales, dediquen su tiempo a cumplir con la obligación que se les supone —no es otra que proteger a nosotros los ciudadanos—, lo único que desearía que al menos dejaran de humillar a los más desfavorecidos, a los sometidos a la guadaña de la gran estafa que han montado.
Al día siguiente, hacia la estación de Atocha, un potente superdeportivo ruge al cambiar el color del semáforo. Y entonces me pregunté ¿por qué no evitar también esos lujos para que el turista no se lleve una visión equivocada de la ciudad? Vaya ser que los turistas crean que los que manejan esos superdeportivos por la calles sean personas como usted o como yo.
Sit tibi terra levis.
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