No lo creerán, pero una vez fui niño. Ocurrió hace mucho, no obstante lo recuerdo perfectamente. En el colegio nos ponían delante del diccionario y buscábamos el significado de determinadas palabras. A partir de ahí, conocido el significado de esas palabras, lo normal era aplicarlas en nuestra vida cotidiana. Toda esta situación que parece tan obvia para cualquier mortal, en nuestros políticos tradicionales parece que no lo es. Me explicaré.
Cada vez que algún político tradicional aparece en algún medio de comunicación, se afana en utilizar el lenguaje de una forma de lo más peculiar. Utilizan palabras variadas para evitar decir la que todo el mundo tiene en el pensamiento. Todo con la finalidad de intentar que el ciudadano no tenga una idea clara de la situación del estercolero. Mención aparte merece el cúmulo de palabras sin sentido que utilizan cuando alguna pregunta los pone en ciertos aprietos. No podemos olvidarnos del máximo exponente de la anterior situación; la Cospedal con sus patéticas explicaciones en diferido y tal.
Todo esto viene a cuento por la célebre ley de seguridad ciudadana que prepara el gobierno. El título de la ley sólo puede deberse a dos circunstancias; un pésimo sentido del humor por parte de sus redactores o una nueva demostración de la dureza facial de la chusma. Tendrán que reconocerlo, la mayoría de las novedades que se van conociendo están enfocadas a proteger a estos golfos y a que nadie les molesten las orejas. Por tanto, desde aquí mi aportación. Cambien el nombre de la ley, quedaría mejor algo como; ley de protección de chusmas y parásitos (versión en diferido, of course) o ley de protección de la corrupción (versión relaxing cup of café con leche).
Solución. Simplemente no hay, no existe. Nuestra querida cleptocracia no contempla ninguna medida para evitar el analfabetismo en nuestra admirada casta. Volvamos a nuestra admiradísima Annie Bottle - la esposísima de Ansar-. Dejando de lado su forma de llegar a la alcaldía de la villa de Madrid, no creo que se le exigiera en su nombramiento el nivel de conocimiento de una lengua extranjera que se les obliga a cualquier estudiante para obtener el título de grado. Otra circunstancia. Ni pensar que determinados cargos puedan tener un mínimo de formación universitaria o al menos en la materia que manejarán. Llegados a este punto, siempre quedará en mi pensamiento una anécdota sufrida por el que suscribe y motivo de numerosas risas posteriores. Ocurrió cuando una concejal de sanidad hizo un encendido alegato contra dos compañeros y mi persona cuando defendíamos la continuidad asistencial y los cuidados paliativos en nuestro pueblo. Utilizó un argumento tan pobre y falto de conocimiento que lo expuesto iba en contra de la propia definición de salud que daba la mismísima Organización Mundial de la Salud. Ver para creer. Una muestra más de las manos a quien encomendamos nuestros destinos.
Pero seamos felices, comamos perdices y todo el floripondio. Si ponemos gente preparada y honesta a dirigir el estercolero. ¿Qué haríamos con tanto asesor colocado a dedo y ganando indecentes cantidades de viruta?
Sit tibi terra levis.
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