Parecía que no iba a llegar nunca. El calendario avanzaba inexorablemente y la gente nos echamos las manos a la cabeza. Todo el mundo se preguntaba como podía ocurrir en este país semejante disparate. Cada vez nos encontramos más desconcertados, pero al final las cosas se han puesto en su sitio. La alegría ha llegado, por fin.
No, no piensen mal. No crean que mi alegría viene dada por el ingreso en la jaula de Bárcenas, el archiconocido Luis “el cabrón”. Me refería al retraso en la llegada del verano. Era tema constante en tertulias y corrillos. Un día amanecía caluroso y al siguiente aparecía un biruje que dejaba el cuerpo cortado. Lógicamente, tamaño descontrol se apreciaba en los viandantes. Lo mismo se veía a una persona ataviada con chaquetón que a otra cruzándose en camiseta de tirantes. Y que decir de esos resfriados y enfriamientos consecuencia de la natural inadaptación de nuestro sistema inmune a todo este desenfreno climatológico.
El verano invita al descanso y a momentos de esparcimiento. Los colegios cierran sus puertas, algunos negocios bajan su producción, otros la suben, la casta política se pone de acuerdo para cambiar la Constitución mientras dormimos la siesta. En definitiva nuestros biorritmos se alteran notablemente. Pero el gran momento aparece cuando decidimos ir a la playa. A lucir o deslucir palmito, a engrasarnos la piel y tostarnos al sol como si fuéramos parte comestible de una barbacoa. Todo perfecto para disfrutar de la vida.
Pero no. La vida es cruel y nos lo recuerda en cada momento que estamos pisando este jodido planeta. Y no lo digo porque pueda aparecer el ministro de voz aflautada a subirnos el IVA. Son causas mayores. Estás tranquilo, como digo, disfrutando del sonido del mar, te abres la lata de cerveza, observas a la chica del minúsculo biquini -por supuesto con el debido disimulo para evitar que el ropero empotrado que la acompaña le de por mentarte a tus fiambres más recientes-. Pues en esas te encuentras, cuando sin venir a cuento se desata primero una brisa ligera, a pequeñas rachas. Pasado un tiempo, la fuerza de ese viento aumenta. Lo hace de forma que empiezas a dudar si te encuentras en las playas de Conil o estas haciendo el imbécil por el desierto del Gobi.
La situación se complica por momentos. La sombrilla se da la vuelta y antes que reacciones, sale disparada hacia la señora mayor que se encuentra a varias decenas de metros -generalmente son unas señoras mayores que por alguna extraña ley física siempre atraen hacia sus cabezas las sombrillas lanzadas por el viento-. Cuando la recuperas, llegas a tu lugar de acampada y te percatas que tu toalla ha sido cubierta en su totalidad por la arena. Decides tomarte un respiro, retomas la lata de cerveza y buscas un sorbo que refresque la sequedad interior. Increiblemente, el líquido ha adquirido una temperatura próxima a la ebullición. Por si fuera poco, a la elevada temperatura le acompaña un par de puñados de arena que ha penetrado en el interior del recipiente. La puntilla la pone la chica del diminuto biquini, cuando tapa hasta el último centímetro de su piel mientras el chorbo le comenta que mejor se vuelven al hotel a meterse en el jacuzzi. Ha llegado el momento de pensar que quizá otro verano es posible.
Sit tibi terra levis.
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