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7 de junio de 2015

HIMNOTIZADOS

En el túnel de vestuarios los jugadores de ambos equipos se muestran inquietos, se miran de soslayo hasta que una señal les hacen saltar al terreno de juego. Entonces, el ruido en el estadio sube muchos decibelios, se hace casi insoportable. Los dos equipos se colocan en una perfecta línea en la que sólo les separan los jueces de la contienda. Suena la música y el público comienza a silbar. La notas musicales apenas pueden apreciarse tapadas por el ruido que emiten los espectadores. La gente pita con insistencia el himno que tratan de emitir antes del partido como parte del protocolo. La situación es molesta e incómoda, además, somos muchos los que pensamos que ese himno es de lo más hermoso. Hay que reconocer que La Marsellesa, el himno de los gabachos, es espectacularmente bello. Sin embargo, en ese partido que enfrentó a España con nuestros vecinos, al público español le dio por pitar mientras sonaba el himno francés.

Hace unos días, en la final de la Copa del Rey, ocurría de nuevo: el público se ponía a silbar y pitar un himno, esta vez, el español. El asunto ha servido para tenernos durante todos estos días himnotizados: el permanente estado de gilipollez mental al que se somete a la ciudadanía cuando en un campo de fútbol los espectadores pitan o silban el himno nacional.

A ese estado nos han tenido sometidos durante toda la semana a cuentas del puñetero partido de la Copa del Rey. Se han dedicado horas y horas de tertulias para debatir lo que habría que hacer para dar el pertinente escarmiento a los silbadores, o por el contrario, si el hecho en cuestión simplemente se trata de un uso legítimo de la libertad de expresión. No han sido pocos los patriotas que pidieron dar cumplida venganza ante la ofensa a la que se ha sometido a nuestro Rey y al himno de nuestro reino. Y no han sido menos los independentistas que han sacado pecho ante una demostración tan mediática de insumisión patriótica

Pues quizá todo sea más simple, para mí,la pitada, ya sea al himno español, francés o de Burkina Faso, es un problema de educación. La misma educación que se demuestra cuando el personal se dedica a mentarle la madre y los fiambres más recientes al trencilla, al delantero contrario, o al entrenador propio. Lo mejor no sería sancionar a quien fuera menester por la ofensa al patriotismo y otras memeces varias —ya quisiera yo unos patriotas que lo demostraran en el día a día—. Lo mejor sería sancionarlos por maleducados, a los que pitaron el himno español y el francés, y a los que amenazan con contarle el cuello al linier por errar en un fuera de juego. 

Por otro lado, también espero que esos periodistas que estos días se les llena la boca de palabras como honor, dignidad y libertad, tomen una postura similar con el mundial de Qatar. Sobre todo, sabiendo que un informe señala que cuando comience dicho mundial habrán muerto unas cuatro mil personas en las obras de los estadios. Eso sí que son circunstancias para que nos dejen hipnotizados, y no himnotizados por otras cuchufletas.


Sit tibi terra levis

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