Nada mejor para celebrar el día de la Fiesta Nacional que un buen desfile. Lo que lucen los soldados y soldadas provistos del pertinente uniforme de gala, con sus meritorias y merecidas medallas desprendiendo brillo ante el menor rayo de sol que se ofrezca. Si al lado humano le añadimos la parte tecnológica, entonces, estamos ante una imponente muestra de fuerza de nuestro noble imperio: que si unos tanques por aquí, unos cazas por allá, y de postre unas lanzaderas móviles de misiles tierra-aire para disuadir a algún enemigo de la patria que se le pase por la cabeza invadirnos por nuestro espacio aéreo –desconozco si este material bélico ha sido exhibido en tan importante día, espero que el paciente lector me permita la licencia literaria-.
Pero no todo es fiesta y alegría. Algunos políticos de nuestro reino han querido llamar la atención ausentándose de los diversos actos organizados en tan señalado día. No ir al desfile y a la posterior recepción con nuestro monarca me parece un gesto de muy poco estilo. Sí, ya sé, alguno podrá justificar que se considera hombre de paz y le da cierta grima ver tanta escopeta y bazuca. Pero eso es como la invitación a una boda: se perdona que no se asista a la iglesia, pero el convite no se lo pierde ni Dios.
Justificación distinta sería que el político ausente argumente en su defensa que no le gustaría compartir mesa y mantel con determinados personajes. Ya saben, esos que se la dan de muy patriotas pero que a la menor posibilidad entregan la patria a las multinacionales, al cuarto Reich, o mandan un “Luís se fuerte” a quien presuntamente mete la mano en el cajón –el cajón de todos, se entiende-. Pero no es menos cierto que siempre se pueden buscar otras posibilidades, y, siguiendo con el símil de la boda, se puede interpelar a los novios con un “por favor, no me sientes con mi cuñado que hace ya año y medio que no le dirijo la palabra”. Además, nuestros monarcas tendrían esos contratiempos más que previstos. Seguro que, cuando don Felipe y Doña Leticia se sentaron en la mesa camilla de palacio para organizar como repartían los invitados por las distintas mesas, tuvieron en cuenta que no era plan de sentar a Artur Mas con Rajoy. Serían conscientes de que lo mejor era ponerlos a cada uno en una esquina del salón para evitar líos tras la ingesta de algunas copas de vino.
Además, creo que Pablo Iglesias ha perdido la oportunidad para regalarle a nuestro Rey la colección de la serie “The Walking Dead” y explicarle que se ven a muchos compatriotas dirigiéndose a la cola del paro igual que si fueran zombies, por si todavía nuestro monarca lo desconoce o su entorno no se lo ha contado. Y si no quería regalarle la serie, siempre podía recurrir, como en la bodas, a darle un sobrecito. Aunque esto último puede ser harto peligroso con la calaña que acude a estas fiestorras.
Sit tibi terra levis.
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