La que se ha formado en nuestro reino con el carpetazo de la reforma a la actual ley que regula la interrupción voluntaria del embarazo. Las consecuencias no se han hecho esperar, Gallardón ha tenido que irse con el rabo entre las piernas, mientras detractores y defensores de dicha reforma se lanzan a realizar las valoraciones correspondientes. Como dice esa pintada que aparece en El Francotirador Paciente y que tan bien describe a nuestro clero: “una vez más los rosarios se inmiscuyen en los ovarios”. Aunque supongo que esta situación es un paréntesis, más que un punto final. No veo a las más rancias fuerzas de nuestro entorno renunciando al tema.
Lo del ministro, siendo sincero, me ha dado cierta alegría. No es por nada, pero el individuo de por sí echa para atrás. Supongo que esa imagen de permanente enfado, como buen discípulo de Rouco, tiene gran parte de culpa. Pero sobre todo, lo que no soporto es su discurso hipócrita. Decir que defiende el derecho del no nacido, mientras le resbala que una vez en el mundo esos mismos no nacidos puedan pasarlas canutas, me da cierto tufo a sadismo. Convendrán conmigo que es para fundir los plomos que un crío con graves malformaciones no tenga los cuidados necesarios porque nuestro solidario estado no se los proporciona. O que en nuestro país tengamos a más de dos millones de niños por debajo del umbral de pobreza. No veo por ningún lado que en este sentido los mal llamados grupos provida se manifiesten y exijan esas ayudas para estos infantes.
Pero la guinda a todo el putiferio la ha puesto el obispo de Alcalá. La carta del individuo no tiene desperdicio. Si desechamos que el hombre haya fumado algo o haya bebido vino en exceso durante la Eucaristía, mucho me temo que el prelado en cuestión tiene mala leche. Desconozco el motivo: no sé si pudiera tratarse de algún trauma infantil, de una reagudización de las almorranas como consecuencia de copiosas ingestas, o que nunca conociera a mujer pecadora, cabra o gallina de corral. Lo cierto es que en sus declaraciones deja en muy mal lugar a la caridad cristiana. Tratar a los gays como enfermos -dice que han infectado al mismísimo Rajoy- me parece fuera de lugar y de muy mal gusto. En todo caso, si en realidad piensa que son enfermos, lo que debería hacer es pasar más tiempo con ellos, su jefe creo que lo hizo con los leprosos y parece ser que le salió bastante bien. Qué me dicen de cuando equipara al Tren de la Libertad con los trenes de Auschwitz, un despropósito. Este tipo de declaraciones, meando fuera del tiesto como es habitual, provocan un daño importante, y no sólo a las personas que insulta y menosprecia, también daña la imagen de esos curas de trincheras que dedican sus esfuerzos a ayudar a los demás o que acaban contagiados del Ébola. Por aquella natural tendencia que tenemos de meterlo todo en el mismo saco, digo yo.
Preferiría una multinacional de la Fe que dejara de lado los asuntos de estado y las leyes terrenales, se dedicara a ofrecer ayuda a los necesitados, y sobre todo empleara sus esfuerzos en cuidar a las almas perdidas como la mía. Así, llegado el día en que llamen a la puerta de mi vida con la orden de desahucio de mi cuerpo, no me llevaría la sorpresa de poder discutir este y otros asuntos con el obispo en el mismísimo infierno.
Sit tibi terra levis.
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